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LOS CHICOS ESTÁN BIEN (2010)

2 Mar

Hoy es miércoles, el día en el que le robo una entrada a Migue de CalCuadrado.es y hoy toca la película cuatro veces nomida al Oscar, “Los Chicos están bien”

Título original: The kids are all rightPaís: USA / Año: 2010 / Duración: 109 min. / Género: Comedia dramática / Dirección: Lisa Cholodenko / Interpretación: Julianne Moore (Jules), Annette Bening (Nic), Mark Ruffalo (Paul), Mia Wasikowska (Joni), Josh Hutcherson (Laser), Yaya DaCosta (Tanya) / Guion: Lisa Cholodenko y Stuart Blumberg / Producción: Gary Gilbert, Jeffrey Levy-Hinte, Celine Rattray, Jordan Horowitz, Daniela Taplin Lundberg y Phillipe Hellmann / Música: Carter Burwell / Fotografía: Igor Jadue-Lillo / Montaje: Jeffrey M. Werner / Diseño de producción: Julie Berghoff / Vestuario: Mary Claire Hannan. Distribuidoras: Emon y Vértigo Films / Estreno en España: 25 Febrero 2011 / No recomendada para menores de 12 años.

Sinopsis: Dos hermanos buscan al hombre que donó el esperma para que sus madres lesbianas pudieran tenerlos. Pero cuando le encuentran, lo único que consiguen es que se rompa el equilibrio de su familia.

Crítica

Joni (Mia Wasikowska), de dieciocho años,  y Laser (Josh Hutcherson), de quince, viven con sus madres: Jules (Julianne Moore) y Nic (Annette Bening); pareja lesbiana que contrataron los servicios de un centro clínico de donación de esperma para poder quedarse embarazadas. Una parió a Joni y la otra a Laser. O sea, son hermanos de distinta madre, pero del mismo padre. Y ahí radica el plot o el centro desde el cual se organiza toda la historia que desde Los chicos están bien se nos narra. Cuando Joni cumple los dieciocho años y ya está emancipada a ojos de la ley para solicitar datos sobre el anónimo progenitor que donó el esperma que hizo posible las dos fecundaciones, aparece la figura de Paul (Mark Ruffalo) o el desconocido  procreador que con treinta y ocho años descubre que es padre de dos adolescentes  a raíz de sus donaciones efectuadas cuando era joven.

No descubrimos nada nuevo porque Los chicos están bien es una película que ha estado vendiendo su argumento como principal y singular arma marketiniana a bombo y platillo, y esa sinopsis se pone en bandeja del espectador antes de los primeros diez minutos. ¿La comedia sensación de la temporada? ¿El drama costumbrista indie del año? Digamos que el sexto largometraje de Lisa Cholodenko roza la comedia de enredos así como la unta de barniz melodramático sin sobrepasarse en su formulación.

Un reparto compacto y unas interpretaciones en su justa medida resultan ser el mayor atractivo de la propuesta. Cholodenko no pretende continuar el movimiento New queer cinema, su película es blanca, sin acidez: una notable recreación de personajes y de la arcaica búsqueda de la formación de la familia perfecta teniendo al asunto de la normalización de la pareja homosexual como mayor gancho efectista.

Cuando en 1992 Jonathan Demme realizó Philadelphia, la periodista B. Rudy Rick ya había acuñado como New queer cinema al carácter beligerante de un cine que huía del tratamiento homosexual suavizado y edulcorado. En pleno 2011, Cholodenko logra borrar cualquier atisbo de ese movimiento donde surgieron estimulantes propuestas verdaderamente indies como Poison (Todd Haynes, 1991) o Go fish (Rose Troche, 1994), siguiendo las propuestas de directores como Gus Van Sant o Derek Jarman y termina por encauzar, vía mainstream, todo el poco residuo activista o crítico que sobre el tema podían tener películas como Boys don’t cry (Kimberly Peirce, 1999) una década antes.

En plena era Obama y fuera del neoconservadurismo de Reagan o Bush padre y Bush hijo, el buen rollito se asienta en Hollywood y la Modern Family por fin acepta la familia homosexual. No es que ya se esté en igualdad de condiciones, pero Cholodenko se la juega con una suave comedia normalizadora, sin optar por cinismos o mala uva latente y sale ganando con reconocimiento y galardones varios.

Ciñéndonos a lo que Los chicos están bien resulta ser y no a lo que podría haber sido, es hasta complicado decidir que actor o actriz está mejor en tal propuesta; y aunque se intenta alcanzar el éxito de comedias de última hornada como las de Alexander Payne (Election o Entre copas, por ejemplo), el filón baja en el ranking de dosis de melancolía y negritud interior, y no se logra un ritmo ascendente sino más bien dilatado en el tiempo y en el espacio.

No es que las convenciones heterosexuales se traguen al cine independiente sobre la homosexualidad, sino que la comedia norteamericana “indie” y “adulta” del 2010-2011 promociona imágenes suaves y arquetipos pasados. Annette Benning está estupenda realizando un papel de lesbiana, pero con ínfulas de padre de familia (en masculino), y Julianne Moore le sigue a la zaga pero haciendo de frágil y sufrida madre (lesbiana). Siguen estando los roles de siempre aunque disfrazados. Y a fin de cuentas, los distinguidos diálogos hacen de Los chicos están bien una más que posible candidata a ser dramatizada en teatro. Y eso habla de sus bondades así como oculta sus  imperceptibles defectos.

Nota: 6/10

 

Aunque Migue no valora demasiado la película, yo os pongo igual un link para que la podáis ver on-line por si os habéis olvidado las llaves en el trabajo y no podéis salir de casa: Cinetube.

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Valor de ley (True Grit, 2010)

16 Feb

Extraordinaria entrada de Migue para CalCuadrado.es. En el enlace también conecta Valor de Ley con Winter’s bone, de la ¿próxima star? Jennifer Lawrence

Título original: True grit / País: USA / Año: 2010 / Duración: 108 min. / Género: Drama, western / Dirección: Joel Coen y Ethan Coen / Interpretación: Jeff Bridges (Rooster Cogburn), Matt Damon (LaBoeuf), Josh Brolin (Tom Chaney), Barry Pepper (Lucky Ned), Hailee Steinfeld (Mattie Ross) / Guion: Joel Coen y Ethan Coen; basado en la novela de Charles Portis / Producción: Scott Rudin, Ethan Coen y Joel Coen / Producción ejecutiva: Steven Spielberg, Robert Graf, David Ellison, Paul Schwake y Megan Ellison / Música: Carter Burwell / Fotografía: Roger Deakins / Montaje: Roderick Jaynes / Diseño de producción: Jess Gonchor / Vestuario: Mary Zophres / Distribuidora: Paramount Pictures Spain / Estreno en España: 11 Febrero 2011

Sinopsis: El padre de la niña de catorce años Mattie Ross es asesinado de un disparo a sangre fría por el cobarde Tom Chaney, y ahora ella está dispuesta a hacer justicia. Buscando la ayuda del jefe de policía Rooster Cogburn, un borracho de gatillo fácil, se marcha con él —a pesar de su oposición— para atrapar a Chaney. La sangre vertida de su padre le hace perseguir al criminal hasta el territorio indio y encontrarle antes de que el ranger llamado LaBoeuf le atrape y le lleve de vuelta a Texas por haber asesinado a otro hombre.

Crítica

Cuando en una de las cimas de la filmografía coeniana (El hombre que nunca estuvo allí, 2001) un platillo volante hace aparición en medio de una historia de cine negro, la sensación inicial no parece conllevar ninguna justificación lógica narrativa pero, más que una marcianada de los autores de Minneapolis, más adelante se llegará a comprender que el punto de vista que intentan depurar no está tan lejos de la incomprensión inicial que podría traer consigo un recién llegado a la Tierra desde un planeta exterior. Seguramente, por alcanzar un reflejo casi absoluto de  este particular estilo autoral, su infravalorado penúltimo estreno: Un tipo serio, resulta ser una de las mejores (sino la mejor) película de los Coen de la última década y una de las que más inputs coenianos lleva en su alma interior.

Actualmente, con el remake de Valor de ley, los hermanos Coen vuelven a realizar un trabajo meritorio para estar en la alfombra roja de galardones hollywoodienses, aunque en primera instancia parece que hayan perdido con esta adaptación de la novela de Charles Portis parte de ese  intransferible punto de vista particular: tan cínico y fascinantemente cotidiano a ratos y surrealista en otros, que el espectador puede hallarse desubicado en su inicio.

Si al coger de nuevo el resultado global de su penúltimo trabajo (Un tipo serio) observamos las bonanzas que aporta su punto de vista marcadamente masculino, al entroncar con la melancolía, la vulnerabilidad de la apetencia sexual, la perdida de valores y la búsqueda de respuestas en lo intangible y lo mágico que campan a sus anchas en gran parte de la novela contemporánea actual y en los mejores momentos cinematográficos de la última filmografía coeniana. Con Valor de ley el punto de vista muta hacia el absorbente relato de iniciación narrado por una mujer que en 1928 recuerda como muchos años antes, a sus catorce años, se armó de auténticocoraje, recogió el cadàver de su padre y buscó ayuda para adentrarse en los vericuetos de la venganza.

Por tanto, ya no estamos hablando de ausencia de moralidad y valores sino de afianzamiento en el valor del ojo por ojo bíblico y del descubrimiento de la verdad vital por el camino que nos dirige a la madurez y el territorio sombrío del ser humano adulto. Mattie Ross (Hailee Steinfeld -actriz que posee una edad más apropiada para el papel que la veinteañera Kim Darby en la adaptación de 1969 por parte de Henry Hathaway-) se aferra a la presencia del tuerto vejestorio beodo Rooster Cogburn (un Jeff Bridges más doloroso, patético y sombrío en su interpretación que la realizada por aquella que le dio a John Wayne su primer, único y tardío Oscar) y a la del ranger tejano La Boeuf (un Matt Damon cuyo personaje aún multiplica más las desavenencias dentro de ese trío inefable que el encarnado en el original film por Glen Campbell) para hallar al asesino  de su padre.

De este modo, con todas estos conflictos de intereses y carácteres en disputa pero bajo un mismo objetivo, los Coen amplifican, en comparación a la película crepuscular y nostálgica de un género tan americano como el western que rodó Hathaway a finales de los sesenta, la desubicación de los personajes, así como aumentan la sombra de sus pesadas existencias, su languidez y lo cubren todo con el velo de un relato menos clásico en la exposición y descripción (los Coen no dilatan tanto y eliden muchos momentos: prefieren la sugestión a la explicación) y terminan mostrando, no sólo la muerte definitiva de los cánones clásicos del género al que no homenajean, sino su tratamiento en aras de un alcance sensitivo más acorde, esta vez sí (después de visionar el metraje en su totalidad y macerar el film interiormente) hacia sus matices característicos de su universo como autores: lírica onírica, fábula sombría, y tragedia salpimentada con ingenio negruzco.

La película habla de la muerte, de como asumirla y como superarla. Comienza delante de un ataud y termina delante de una tumba. Una adolescente acepta esa defunción, ese fín, y se responsabiliza de alcanzar el  inicio de la fase siguiente. Al igual que los Coen se alejan de la nostalgia lumínica, diurna, naturalista e impresionista de la adaptación de Hathaway; aceptan la muerte de los cánones clásicos de la edad de oro del western; admiten el óbito y se adjudican la necesidad de virar todo de negro, de leyenda oscura y con ínfulas menos reales y tangibles. Como una narración iniciàtica donde los momentos de extrañeza, raros y chocantes propios de los Coen (aunque con un humor más abstracto: más post-humor y nada de carcajada) abren el misterio dentro de un género tan claro y rotundo como el que en teoría manejan y tratan.

Además, si dentro del tratamiento marciano del western, el punto de vista de muchacha de catorce años de Mattie Ross le otorga un matiz evocador y fascinantemente aventurero tanto exterior como interiormente, el territorio de descubrimiento hacia los recovecos adultos de la vida y la muerte aporta al espectador el input de las bondades del subgénero juvenil. El western ha muerto como género y hay películas que nos muestran su cadáver a través de los ojos de nuevas generaciones: de cineastas, intérpretes, novelistas o personajes jóvenes. En el Valor de ley de los Coen, incluso existe un epílogo apesadumbrado del final del Oeste salvaje como espectáculo circense a lo Buffalo Bill.

NOTA: Valor de ley —– 8/10

De vuelta a TheBadJuice, deciros que siempre os recomendaré ir al cine a verla, pero si por si acaso tenéis agorafobia o alergia al aceite de las palomitas, os dejo el enlace a películasyonkis.com y ellos ya os enlazarán a dónde corresponda.

Watchmen (Alan Moore y Dave Gibbons, 1986) (3/3)

9 Feb

Post original de Migue en CalCuadrado.es

¿Los tiempos siguen cambiando?

Todo junto dibuja un presente caótico, en pleno proceso de cambio. Como una canción de Dylan, el pasado ejerce de elemento catalizador de acontecimientos que auguran un futuro dónde se vuelven a retomar los mismo éxitos y fracasos humanos y donde el presente es analizado como momento cumbre dónde la sociedad puede luchar por un cambio a mejor (o no), según elecciones. Es decir, parece ser que Moore si que es consciente de los errores contínuos en los que cae el ser humano. Watchmen es una obra que presiona al consciente colectivo dirigiéndose directamente al corazón de la memoria, para terminar hurgando en el miedo.

Una de las principales tesis que se barajan es que el ser humano sólo reacciona cuando ya es demasiado tarde, cuando el peligro está presente. El Apocalipsis, el exterminio humano, sólo parece ser real y creíble cuando se enciende la alerta roja (nadie creía que el 11-S pudiera ocurrir). Entonces aparecen los miedos los arrepentimientos y es cuando el héroe debe actuar a contrarreloj. Había sido abandonado y rechazado: el sentimiento de culpa de la sociedad que lo había apartado hace que surja espontáneamente un reflejo de supervivencia para ayudar a la comunidad. La historia vuelve a repetirse.

Un final tan precipitado como un caudal de fuego surcando los lomos de un volcán, donde no hay dilatación temporal, solo simultaneidad y perviven tramas que el lector no parece digerir, tan sólo maduran en el subconsciente después de acabar la lectura. Se juega con la conexión directa entre tramas y las que parecen que se añadan para despistar (Los relatos de la Fragata Negra) terminan conllevando a que el lector haga un esfuerzo mayor, que no se le dé nada masticado, para que termine hallando su propio sentido razonado. Nada es nuevo, pero se nos muestra con distinto enfoque.

Vidas cruzadas

No hay protagonista, el reparto coral hace que personajes que se crean importantes dentro de la trama vayan dejando paso a figuras de segundo y tercer plano que desde su anonimato parecen contener la misma notoriedad dentro del relato. La necesidad de narrar dentro de un espacio de tiempo múltiple hace que nazca desde una propia viñeta la condensación perfecta entre imagen y texto. La escena del presente dibujada y el bocadillo relatando un pasado (o viceversa). La metatextualidad, la interconexión y la simultaneidad son herramientas narrativas que han hecho de MooreGibbons autores a tener en cuenta, gracias a que han ayudado a indagar dentro de la propia narración clásica del cómic provocando su evolución.

En Watchmen se hace hincapié en la posibilidad de que la mente humana sea capaz de capturar una visión más amplia de la propia existencia. Ozymandias (Adrian Veidt), es un personaje clave; como un Capitán Nemo apartado de la sociedad pero manejándola desde su búnker: una multinacional de los mass media que hace brillar a la comunicación como herramienta que mueve el mundo, los sueños y la esperanza. La mentalidad este/oeste, el sacrifício, el objetivo kamikaze (matamos a unos cuantos por una buena causa) connota la eterna imposibilidad humana de alcanzar el bienestar supremo.

Ozymandias, tras los resquicios de los muros sociales, quiere alcanzar su Shangri-La personal y para ello opta por liquidar a quién se interponga por delante, contradiciéndose por ello en los propios principios que están promoviendo su causa: toda manifestación de vida merece respeto y por ello hay que salvaguardarla de cualquier peligro interior o exterior. Ello tendrá repercusiones sobre todo el entretejido social que se soporta.

¿Quién controló el límite creativo?

Rorschach, El Comediante, Espectro de Seda o Buho Nocturno se alzan como guardianes de un tiempo y un espacio que comprende una realidad alternativa donde vigilan a una sociedad que termina por odiarlos. Alan MooreDave Gibbons sobredimensionan su época y la hacen supurar, como al Smiley con mancha de sangre ponen en jaque los símbolos contemporáneos para hacer volatilizar la razón y los prejuicios morales y sociales de nuestra época. Han tejido una obra magna pero imperfecta en sumo grado. De ahí proviene el mayor acierto y, al mismo tiempo, el mayor defecto de Watchmen. Lo mejor es su capacidad de asumir riesgos. Lo peor: su complejidad y su nube de acumulación de elementos provoca en el lector el mismo tipo de fatiga que podría sufrir el Dr. Manhattan, la indiferencia. Aún así, la obra madura en el subconsciente y siempre añade novedad de fondo y descubrimiento en sus formas a medida que suman las relecturas. Su aparente perfección no es más que un salto al vacío de sus creadores: brillante, virtuoso, genial, pero también aparatoso, pretencioso y denso, con perlas como su capítulo cinco: ‘Aterradora simetría’.

Parece ser que se tuvo vía libre de inventiva hasta lo impensable, pero quién vigilaba el límite de la capacidad del propio arte de la historieta gráfica para almacenar potablemente tal creación. ¿Quíen vigila a los vigilantes?

Quis custodiet ipsos custodes

– Sátira, Juvenal, VI, 347

9/10

 

Entradas anteriores:

Watchmen (Parte 1)

Watchmen (Parte 2)

Watchmen (Alan Moore y Dave Gibbons, 1986) (2/3)

2 Feb

Post original de Migue en CalCuadrado.es

Nietzsche, Einstein e Hiroshima

Individualismo frente a comunidad, posmodernismo y nihilismo compulsivo son líneas que atraviesan el relato. Una estructura compleja obligada a tejer el propio individualismo de sus protagonistas. No hay comunidad, no estamos hablando de una liga de la justicia superheroica sino de enmascarados que se apartan de la sociedad pero fundan su

propio grupo. Si en lo formal coexisten varias tramas paralelas dentro del relato, en el fondo se habla de la soledad del ser, del abandono de la utopía humana como faro que alumbra el porvenir, la ilusión y la esperanza. Ya no hay fe porlos valores tradicionales y cada personaje se siente cada vez más solo, pero convive dentro de una red donde tiene semejantes en la misma situación que se van entretejiendo en pro de una causa o de una consecuencia, según el afán justiciero o el resquemor por el abandono social.

La muerte se alza como catalizador de todo el relato, un asesinato inicia toda la trama principal y la eterna persecución por averiguar el misterio de la vida y la victoria humana sobre la muerte termina siendo el elemento que llega a unir a los protagonistas, el sino de todo superhéroe: la melancolía que otorga el don de la inmortalidad y la angustia que conlleva la mortalidad que en este caso también es la del propio héroe (sin poderes sobrenaturales).

Si antes decíamos que la aventura en Watchmen es más racional que emocional es debido a que fundamentalmente sus creadores beben de la filosofía nietzscheana: la necesidad de liberarse de aquello no percibido por los sentidos y aprender a sobrepasar los propios límites individuales sin supersticiones ante las religiones y la moral tradicional. Además de que ese viaje por la invalidez de lo suprasensible toma nota de la teoría cuántica, de Albert Einstein y del peligro inminente provocado por el propio hombre: una guerra nuclear que borre del mapa a la humanidad. Una segunda Hiroshima en pleno Nueva York.

Visionando el 11-S

La sociedad tiene miedo de un Apocalipsis latente en forma de armas nucleares y los Vigilantes se sienten amenazados por la serie de asesinatos que están eliminando al grupo. Por una parte están fuera de la comunidad, del grupo, de la sociedad, y están acostumbrados al anonimato y al individualismo, pero también sienten el mismo miedo que palpa la propia sociedad de la que huyen. Miedo a la muerte inminente, al exterminio global. Peligro de apocalipsis que borarría la vida del mapa manteniéndose paralelamente a la trama que provoca el extermínio particular de los propios Watchmen. Aunque en el fondo sea un círculo vicioso alimentado por unos y otros: la sociedad retira forzosamente a estos encapuchados (llega a odiarlos) y en su abandono personal la corrupción, los vicios y defectos de cada uno de ellos provoca su propio exterminio. Cuando tanto sociedad como justicieros se ven amenazados, sienten que se necesitan unos a otros, aunque posiblemente ya sea demasiado tarde.

Si por una parte, MooreGibbons toman referencias y pasajes reales de la Historia, el propio cómic será referente de la ciencia-ficción ciberpunk dónde los Wachowski y su Matrix tiene mucho que agradecer a la compleja mente creadora de Alan Moore y al tratamiento cinemático que Dave Gibbons le da a la viñeta. Si bien, lo más inquietante sería la postlectura que se puede sacar de una obra que parece adelantarse a los terribles acontecimientos que sacudieron el inicio del siglo XXI. El atentado sobre las Torres Gemelas parece estar resguardado en algún resquicio mental de la propia complejidad de la obra. Leída hoy día parece ser que el mensaje que alza sobre la manipulación de los mass media y el poder que tiene hoy día el marketing logra borrar las barreras de gobiernos y estados para que sus dirigentes puedan negociar abiertamente, pero también puedan jugar a la guerra. Moore, como buen ideólogo y practicante de la Magia del Caos, fuerza la razón del lector y provoca el esfuerzo por comprender cada una de las elipsis que se fuerzan en el relato así como la numerosa cantidad de información que se filtra en las tramas y que es complicado que se retengan con completa totalidad.

Se alcanza el tono asfixiante que va en aumento a medida que el tiempo de solución final se va agotando y el coloreado luminoso de John Higgins lo hace más inquietante si cabe. El relato fluye directo durante doce capítulos que van aumentando en condensación asfixiante de tramas. En ello cabe el pasado, el origen de los propio Watchmen y el carácter visionario de Jon/Dr. Manhattan, el único personaje con aura sobrenatural y al que se le puede otorgar auténtico perfil de superhéroe aunque pese sobre él la maldición de la vida eterna y el choque con los humanos.

Entradas anteriores:

Watchmen (Parte 1)

Watchmen (Parte 3)


Watchmen (Alan Moore y Dave Gibbons, 1986) (1/3)

26 Ene

Post original de Migue en CalCuadrado.es

Los británicos Alan MooreDave Gibbons sabían en 1986, o al menos algo interior les hacía pensar, que estaban manipulando un cómic que no tenía más límites que los que escritor y dibujante se iban a poner como cima. Era el momento cumbre en el que ambos pudieron dar rienda suelta a unas técnicas narrativas y un trasfondo que los podía dejar no sólo satisfechos, sino saciados o más bien con la posibilidad de vomitar hasta quedarse absolutamente vacíos de creatividad. Watchmen nació por entregas pero su consistencia original tenía tanta robustez como la dureza que terminaron dando las tapas que lo encuadernaron como una novela magna: un vendaval de posmodernismo emparentable a la solidez de El Quijote,FaustoMoby Dick por citar referentes literarios que han brillado por su monstruosa construcción. Pueden resultar siendo comentarios baratos pero también hay que reconocer, que la pretenciosidad de tal proyecto también deja sitio al guiño hacia el simple afán por la grata evasión del arte, rezumando sabor añejo y bien curado: La isla del tesoro, o la obra de Julio Verne por citar sólo alguno de sus elementos de collage interior.

Nos topamos ante la historia de un grupo de personas que atraviesan el recorrido vital, social, político y económico de la segunda mitad del siglo XX a través de justicia poética, y hasta corrupta, buscando la leyenda, la inmortalidad o la búsqueda de la eternidad del auténtico estado del bienestar, proponiendo al lector una historia de superhéroes dónde no existen los superhéroes (y si hay UNO: el Dr. Manhattan, su inocuo sentimiento lo hace distante), una aventura dónde hay más raciocinio que emoción y unas tramas que llevan a la tragedia más que al happy end.

La Historia alternativa

El mayor logro/acierto de Watchmen como obra es su capacidad de combatir el paso del tiempo aún a pesar de hablar de coyunturas sociales y políticas muy concretas. El final de la guerra fría, el miedo hacia la carrera nuclear, las potencias Este/Occidente enfrentadas que sustentaron gran parte de la literatura o el cine de los 70-80 parecen hoy día observaciones anecdóticas de un pasado que no cuadra con la coyuntura actual ni la que se presupone en un futuro. El mundo ha cambiado mucho desde entonces, pero Alan Moore logra alcanzar la atemporalidad sustentándose sobre previsiones en torno a esos temas ya pasados. Todavía hoy, dos décadas después, esos elementos dramáticos mantienen su fuerza gracias a una estructura tangencial que atraviesa toda la segunda mitad del siglo XX: atisbos en la trama de un proceso continuo y generacional que va acumulando datos de diversas épocas, incluso de otros siglos, y que conforma un todo que no llega a fijarse con demasiada fuerza en la guerra de las galaxias Nixoniana (y no Reaganiana) ampliando sus miras a lo largo de la historia contemporánea de la sociedad en la que se centra: un occidente creador de mitos que persigue la idea de agilizar la visión de un futuro que no se dejará manipular. Y es que sus autores, continuando con la norma no escrita de las mejores historietas gráficas, maman de la propia realidad para crear un mundo hérmetico que vive paralelo a nuestra memoria colectiva.

Lo mejor de todo es que este presente alternativo datado a mediados de los 80, dónde Richard Nixon todavía sigue en el poder y la Guerra del Vietnam tuvo otro final diferente al ocurrido realmente, es fruto de los acontecimientos acaerrados por la causa-efecto de los propios actos de sus protagonistas. La carrera nuclear de las dos potencias mundiales (EE.UU. y la U.R.S.S.) provoca que uno de los románticos encapuchados que viven para Vigilar al ciudadano tenga un accidente y se convierta en un ser con capacidades sobrenaturales. Será utilizado como arma contra la potencia enemiga y se ganará no sólo la contienda en suelo vietnamita sino que provocará daños colaterales que harán que Nixon se salve de ser quemado en la hoguera de los mass media por el affaire Watergate. De todas formas, MooreGibbons no tratan al Dr. Manhattan (antes el científico Jon Osterman) como a un superhéroe justiciero, sino más bien como un tratado en sí mismo sobre el superhombre nietzscheano con todo lo que puede provocar tal acercamiento al mundo del superhéroe de historieta gráfica.

Watchmen (Parte 1)

Watchmen (Parte 2)

 

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